Photobucket Si naciste entre 1976 y 1983 y crees que podes ser hijo o hija de desaparecidos, comunicate con la Comisión Hermanos de la Agrupación H.I.J.O.S. Entre todos te estamos buscando. hijos.identidad@yahoo.com.ar
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miércoles, 1 de agosto de 2012

Hasta siempre, compañera Carmen Germano.

Carmen Salvay de Germano.


Despedir a una madre siempre es difícil. Siempre duele adentro, profundamente, porque es una vieja de las nuestras que se nos va sin justicia, sin haber encontrado los restos de su hijo, que hace a la muerte más leve, de alguna forma.

Nos toca decir que hoy falleció nuestra madre, abuela y compañera Carmen Salvay de Germano. Como muchas madres nuestras y cercanas, la enfermedad que hace olvidar le fue robando poco a poco sus recuerdos. Es extraño. Quizás esa enfermedad en realidad alivió un poco el terrible dolor de las pérdidas tempranas y aterradoras. Del no saber dónde están los restos de su hijo.
Carmen era madre de Eduardo “Mencho” Germano, detenido-desaparecido durante la última Dictadura Cívico Militar.
Carmen supo convertir el dolor, como tantas otras madres, en fuerza de lucha. Una fortaleza arrolladora que durante tantos y tantos años buscó justicia para su hijo.
En estas líneas abrazamos profundamente a sus hijos y nietos. Es la madre del Ruso, de Diego y de Mencho (el negro Guillermo). También la abuela de nuestro compañero de H.I.J.O.S., Matías. A través de él nos llegaron las caricias, el ejemplo, la esperanza y fundamentalmente el amor a una lucha, la búsqueda incansable de justicia.
La muerte de la compañera Carmen Germano, nos reaviva la angustia de la temprana partida de su hijo Guillermo Germano en 2009, Coordinador del Registro Único de la Verdad de Entre Ríos y un militante de hierro, que supo ser germinador de semillas y luchador inquebrantable.

Esta historia que nos toca, la de las muertes tempranas, las partidas de los nuestros sin justicia, es una historia que jamás tendría que haber sido. Hubiéramos querido que la familia Germano no haya tenido que crecer desmembrada, como las familias de nuestros 30.000 compañeros y compañeras.

Carmen, nuestra querida madre-compañera, nos enseñaste el camino, la terquedad de seguir luchando incansablemente por el juicio y el castigo a los asesinos.
Carmen, nuestra queridísima Carmen, tu mirada ya es luz, se elevará al cielo, desde allí nos abrazará. Ahí estará la Patria. Sabremos descubrirla en tu abrigo, en nuestros abrazos, en la necesidad de seguir construyendo junto a otros, porque no existe otra forma de que seamos en el mundo.
Tu abrigo, compañera, nos llenará de esperanza, un manto celeste lleno de luz que nos marcará el camino. Cuando tengamos justicia gritaremos tu nombre: Carmen.
Adelante querida madre, hasta la victoria siempre.



H.I.J.O.S.
Regional Paraná en la Red Nacional.

miércoles, 25 de julio de 2012

“Se siente incómodo no saber quién es uno en realidad” - Relato biográfico de la Dra. Viviana Poggio



Por Pamela Schaab Pfeiffer*

   No sólo estamos hechos de sueños, de ambición o deseos; estamos hechos de miedos, de perplejidad, de asombro. También estamos hechos de recuerdos y de futuros imaginarios; de preguntas, olvidos y silencios… ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? Son interrogantes que acompañan y conducen nuestro peregrinar en la vida. Pero… ¿qué sucede cuando el pasado que nos interpela se nos muestra confuso? ¿Y cuando cargamos con la herencia de un pasado traumático? Es el caso de los hijos de quienes fueron detenidos-desaparecidos durante la última dictadura militar, en nuestro país.
   Afortunadamente, “uno de los fenómenos culturales y políticos más sorprendentes de los últimos años es el surgimiento de la memoria como una preocupación central de la cultura y de la política de las sociedades occidentales” (Huyssen, A. 2001) Dentro de los eventos más significativos, figuran las masivas conmemoraciones al cumplirse los veinte años del golpe militar. Entre los agentes de esta nueva visibilidad setentista, se encuentra la agrupación H.I.J.O.S.  A su vez, la proliferación de fuentes testimoniales, constituyó un valioso marco de referencia para el abordaje y la reconstrucción de nuestro pasado más reciente.  
   Pero ese despertar a la memoria no culminó ahí. Actualmente atravesamos un complejo período de auge de conmemoraciones, escenarios de juicios y luchas simbólicas de empatía con las víctimas; todos con el fin de reivindicar, homenajear, tener presente y poner a salvo del olvido esos inconclusos del pasado.
   A continuación, acerco la historia de vida de la Dra. Viviana Poggio, hija del compañero Horacio N. Poggio, periodista  entrerriano detenido-desaparecido. Su caso es muy conmovedor, vivió durante años creyéndose  una historia que se había inventado de niña tras la desaparición forzada de su padre, para convencerse de que él no la había abandonado. Cuando pudo rearmar su historia y ponerla en palabras, se reencontró.
   Como dice Beatriz Sarlo, “el lenguaje libera lo mudo de la experiencia, la redime de su inmediatez o de su olvido y la convierte en lo comunicable, es decir, lo común” (2005: 29).
   Nos necesitamos para sobrevivir, pero también nos necesitamos para entender. Viviana hoy conoce  la importancia de su testimonio en el entramado de la historia, es militante de H.I.J.O.S Regional Paraná y trabaja en la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia.
   La historia...
   “Tengo dos instancias de recuerdos (los que viví y los que me contaron), porque en realidad hay un hito que es la separación de mis viejos: Horacio Poggio y Raquel Camilión”, explica Viviana.
   Viviana tenía once años de edad cuando se llevaron detenido a su padre.
   La noche del 23 de julio de 1976, ella estaba de visita en la casa de la capital cordobesa en la que vivía Horacio junto a Angélica, su nueva pareja, y los frutos de ese amor, Carolina y Sebastián. Eleonora estaba apenas a un mes de nacer.
   Viviana no podría imaginar por entonces –y ni siquiera después de muchos años- que al final de esa jornada despediría a su padre para no volverlo a ver.
   Esa noche, Horacio no regresó de trabajar, y a Viviana la noticia la dejó absorta. Un amigo de su padre se dirige a ella diciéndole: “te voy a llevar a lo de tu mamá, porque tu papá está preso”. Esas palabras hicieron que la vergüenza se apoderase de todo su ser, por lo que ella entendía que significaba ser preso político en aquella época. Durante el viaje, ni una sola palabra más sobre el asunto. Una vez en casa de su mamá, se dirige a Raquel y a Roberto –su nueva pareja- quienes le preguntan por qué había vuelto tan temprano, y entre lágrimas les dijo que su papá Horacio estaba preso. El baño fue el lugar que eligió para quebrarse y llorar sin que nadie se diera cuenta. De allí en adelante, todo fue mutismo y silencio absoluto.
   Sin embargo ella creía que lo ocurrido a su padre, era cuestión de transición y que pronto sería liberado. Mientras tanto, su vida con Raquel y Roberto transcurría normalmente y sin averiguaciones sobre el paradero de Horacio; aunque por entonces, en la calle ya se respiraba un clima de miedo y el deseo general de pasar desapercibido.
   Atrás habían quedado “los años con vientos de libertad, de mucha música, de mucha biblioteca”, como lo recuerda Viviana. Las reuniones con los amigos de su papá, en que los hijos eran un poco hijos de todos; donde abundaban las empanadas, el vino, y las conversaciones borrachas de ideales hasta la madrugada, también cesaron. En el año ‘76 se acabó la música, dejó de sonar la melodía del compromiso que Viviana había oído desde la cuna.
    Pero Horacio no aparecía y Viviana se enojó mucho. Empezó a pensar que quizás su padre se había escapado y que no quería verlos. Pero como también ella había perdido el contacto con sus hermanos, inventó la historia de que Horacio se había ido a México junto a Angélica y los niños. Y eso le sirvió como respuesta inmediata para todos aquellos “entrometidos” que le preguntaran por su papá. Tanto lo repitió que terminó por creérselo y es cuando Viviana entra en un profundo letargo del que tardará años en despertar.
   A los catorce, conoce a Luis y se ponen de novios. “Por suerte él no tenía inhibida la curiosidad como yo”, exalta Viviana. Es ese novio de la secundaria, quien se pone la causa de Horacio al hombro para permitirle a la jovencita, entrar en otra historia. No obstante Viviana, en lugar de actuar, se perdía en quimeras. Es que, cómo explicar desde el encierro, cuánto miedo da salir a ese mar de dudas…
   Con el advenimiento de la Democracia, Viviana ingresa en la facultad y en el año 1987 se recibió de Odontóloga. Finalizados sus estudios, contrae matrimonio con Luis y se van a vivir a un pueblito de pocos habitantes en la provincia de Entre Ríos, con la idea de empezar una nueva vida. Pero eso no se consigue mientras exista un pasado no resuelto, con tantos interrogantes por responder y una experiencia traumática semejante en torno a la figura de un padre.
   Entonces llegan sus dos hijos, y fueron ellos quienes punzaron la burbuja en la que vivía Viviana, poniéndola frente a su realidad. Llenos de curiosidad preguntaban a su madre por el abuelo Horacio; con ellos crecía el deseo por conocer qué recuerdos estaban aún presentes en Viviana de su padre, y eso la obligó a repensar qué fue lo que ocurrió.
   Ya adolescentes, los nietos de Horacio abrazaron su historia y comenzaron a asistir a las marchas del 24 de marzo junto a su padre Luis. Y fue así que Viviana, supo darse cuenta de que como la suya, había miles de historias parecidas. A partir de entonces, se reencontró con la música del compromiso y las reuniones de militancia.
   Se acercó hasta H.I.J.O.S, donde tras presentarse se le comunicó que era muy bienvenida y que la estaban esperando. 
  Viviana no se sorprende del curso que tomó su vida y el de su familia, “de acá venimos y hoy me puedo hacer cargo de eso, por supuesto después de haberme reencontrado”, dice al respecto. “Después de todo, se siente incómodo no saber quién es uno en realidad”.
    

  Bibliografía:

  • v  HUYSSEN, A. (2001) Pretéritos presentes: medios, política, amnesia, en En busca del futuro perdido. Cultura y memoria en tiempos de globalización. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.
  • v  SARLO, B (2005) Crítica del testimonio: sujeto y experiencia, en Tiempo Pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Siglo XXI Editores, Buenos Aires.
  • v  JELIN, E. (2002) ¿De qué hablamos cuando hablamos de memoria?, en Los trabajos de la memoria, Siglo XXI, Madrid.


*Pamela Schaab Pfeiffer es estudiante de la Licenciatura en Comunicación Social de la Fac. de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos. La presente entrevista fue realizada para la cátedra "Problemas Contemporáneos de la Comunicación", bajo la titularidad de la Prof. Gabriela Álvarez.

domingo, 2 de octubre de 2011

Laura, la chica de Ausencias

Fue secuestrada con su papá, a los once meses; vio cuando se la llevaban a su mamá, a los tres años. Laura Cecilia Méndez Oliva es una historia más que prueba que la memoria, la verdad y la justicia es el cimiento elemental para la sociedad y las víctimas del terrorismo de Estado. 


Laura Méndez Oliva

 Laura y las fotos de la muestra Ausencias.


Recién ahora sé por qué no pudo ser antes esta entrevista, hace 16 años, cuando me la presentaron: “Ella es Laura, hija de desaparecidos”. 
No pudo ser entonces, ni al año siguiente, ni al otro. No lo intenté siquiera pese a tenerla bien cerca, bien presente. 
Sólo ahora, por primera vez desde que la conozco, le puedo decir “Hagamos una nota” y que ella me conteste “dale”, así, sin vueltas. 
Laura Méndez es hija de Orlando René Méndez, entrerriano, de San Salvador; y Leticia Oliva, neuquina. Ella, de bebé y de niña, fue testigo y víctima del terrorismo de Estado. Primero, el día que secuestraron a su padre. Laura recaló en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a los once meses, junto al cuerpo sin vida de su padre. Otra vez, a los tres años, una patota invadió su casa. Junto a su niñera convivió seis horas con la barbarie hasta que llegó Leticia y se la llevaron ante la mirada de Laura que todavía aún intenta corporizar cómo fueron esos momentos, saber dónde quedaron registrados. 
Esta entrevista no pudo ser antes porque faltaban restos de verdad, había huecos que llenar, había un proceso individual y colectivo pendiente. 
Está además la mediación de la justicia. Porque ella concurre asiduamente a la sala de audiencias donde tramita el juicio oral y público en la causa por el robo de bebés en el Hospital Militar de Paraná. Y esa situación es una excusa y a la vez una condición de posibilidad para que Laura hable y eso la fortalezca. 

Identidad. “Para consolidar mi identidad fue importantísimo tener los restos de verdad que me faltaban y que tuve cuando conocí a Carlos y a Cabo, dos tipos que militaron con mis viejos”, dice esta mujer que hoy tiene 35 años y que reniega de lo que denomina “las estampitas”. 
“Mis viejos, durante mucho tiempo, estaban en una estampita, eran los buenos a los que hicieron desaparecer. ¿Y que hacían? Nada”, se queja de un relato que se impuso en un momento por parte de las víctimas, los familiares, los organismos de Derechos Humanos. 
Hoy comprende que “sí, que era necesario” quitarles encarnadura, restarles causas políticas en pos de consolidar una imagen santificada de los desaparecidos. Era el modo de contrarrestar la fortísima versión de la “teoría de los dos demonios”, hegemónica durante mucho tiempo. Comprende que también hay un “cuento de niños” que ella escuchó, se repitió, le permitió crecer durante mucho tiempo, un cuento en el cual el horror no lo era tanto, los buenos eran muy buenos, los malos, muy malos. Y todo edulcorado, sin disputas a sangre y fuego. 
“A los 28 años, cuando conocí a estos viejos militantes, entendí todo. Yo siempre supe quién era y quiénes eran mis padres pero solamente entonces entendí”, prologa Laura y se entusiasma cuando cuenta: “Sin que nadie me dijera la palabra identidad, supe que lo que me estaba pasando era eso. Tenía un bodoque enorme de información y tenía un agujero donde ponerlo, un vacío que no sabía que lo tenía. Mi vida había sido hasta entonces un desastre y dije ‘por eso no me sale una bien, porque tenía que poner todo eso, acá, exactamente acá. No hay otro cimiento para la identidad que la verdad”, enfatiza y exhorta: “La verdad clarifica y eso es vital cuando tu pregunta es por qué no están mi mamá y mi papá conmigo”. 
Y la verdad es una búsqueda permanente. Por eso Laura elige un día entre varios para ir a las audiencias por el robo de bebés que se lleva adelante en los tribunales federales de Paraná. “Elegí ir a escuchar a Costanzo”, dijo en alusión al testigo clave, ex represor Eduardo Tucu Costanzo, que da su versión de casi todo lo ocurrido con Raquel Negro, madre de los mellizos nacidos en el Hospital Militar. 
Al elegir ese testimonio, deja en claro que prefiere la verdad sin tapujos, sin filtros, de modo bestial: “Yo quiero saber todo. Quiero escuchar, como lo dijo este tipo, que los cuerpos hacían así (sus manos flamean en el aire) cuando caían de los aviones. Quiero escuchar que de tres mil metros de altura se ve la sangre. Es horrible pero a mi me sirve, me hace bien. No es morbo. Necesito eso para entender. Pasó eso, así, como lo cuenta Costanzo”. 

Carlos y Cabo. Alguien publica una carta de lectores en Clarín, una semblanza de Roque Narvaja. “Este hombre dice, en una partecita de su carta, que a sus discos de este cantante de ‘Menta y limón’ se los robaron los milicos cuando la secuestraron a su amiga, Leticia Oliva”, recuerda Laura que le contaron. Alguien respondió con otra carta, esta vez hablando específicamente de su mamá. Hubo contactos y la decisión de un periodista del diario de volver a publicar las cartas “para ver si yo lo leía y aparecía porque estos amigos de mis viejos me estaban buscando”, evoca. 
“Nos encontramos, sí. Primero con este tipo que escuchaba Roque Narvaja. Son horribles los temas, después me puse a escuchar. Igual ‘Menta y limón’ si me gusta”, se dispersa. “Ellos me completaron la imagen de mis viejos”, agradece. 
La contactaron con gente del Equipo Argentino de Antropología Forense. “Estuve con Maco (Somigliana), una persona maravillosa con una cabeza que pareciera que le va creciendo de toda la información que guarda. ‘Vos sos la chica de la ESMA, que después va a Casa Cuna’, me dijo y le aclaré: ‘No, yo soy la chica de Casa Cuna’. ‘Sí, pero vos estuviste en la ESMA’, me insistió”, recuerda Laura. 
Por esos días, consumía sin parar historias de vida de los ’70. “Estaba leyendo La Voluntad (de Martín Caparrós y Eduardo Anguita) todo el santo día. Yo quería conocer a alguien que hubiera estado en la ESMA”, dice ironizando acerca del “furor setentista” del que a veces se burla. “Me dijeron que había estado en la ESMA y fue como sentir que me regalaban una entrada a un recital de los Stones”, se ríe a carcajadas y agrega: “Después sí, vino la oscuridad, la depresión más espantosa, el derrumbe que eran necesarios”. 
Le presentaron a Marta, una mujer que integraba “el mini-staff” de la ESMA como se denomina a quienes, según los cánones del horror, pasaban a ser colaboracionistas de la dictadura aunque permanecieran en la ESMA, afectados a distintas tareas de la burocracia del crimen. 

Las cosas en su lugar. Una hora y treinta y nueve minutos lleva la entrevista y Laura llora por primera vez. Sucede cuando habla del inmenso “orgullo” que le provoca el ritual reparador de un puñado de torturados puestos a disposición de la Justicia, en el marco de la causa Hospital Militar, la primera en Entre Ríos en relación a violaciones a los Derechos Humanos. 
Conoció en ese marco a Sabrina Gullino, el día en que la joven, nacida en el nosocomio castrense en el marco del secuestro de su madre, Raquel Negro, vino a testimoniar en el juicio. 
“Ella es la chica de Ausencias, le dijeron a Sabrina cuando me presentaron”. Menciona así el libro del fotógrafo paranaense, Gustavo Germano, en el que la historia de Laura, en fotos, abre y cierra las páginas que han tenido amplia circulación mundial. “Ese día le lloré todo en la cara. Y ella me decía: ‘No se llora frente a los hijos de puta”. 
“Orgullo, siento mucho orgullo”, dice sin terminar de explicarse, se le caen las lágrimas y se termina la entrevista. “Siempre estuve muy orgullosa de mi abuela. Le desaparecieron el hijo, la nuera y en su vida, jamás, me transmitió un sentimiento de odio. Jamás”, enfatiza. 
“Eso revela una dignidad intachable. Y hoy siento que habla muy bien del país, de cada víctima, de cada quien comprometido con la causa de los Derechos Humanos, que semejantes bestias sean juzgados como corresponde”, remarca Laura y reafirma en su piel que la Justicia es reparadora, es indispensable, que la impunidad no puede más que eternizar el crimen. 
El mundo se ordena para Laura: “Veo estos salvajes ahí, en esa sala. Y estoy yo, está Sabrina, y en la primera fila están María Luz (Piérola), Perica (Alicia Dasso), José (Iparraguirre). Están los que tienen que estar. Esa imagen a mí me reconforta. Se hace justicia. Y todo vuelve a estar donde debe estar”. 


El terrorismo en carne propia 
Es 21 de octubre de 1976. En una esquina, Orlando Méndez concurre a “una cita” para tomar contacto con otro militante. Lleva a Laura, de once meses, en brazos. Es el que después se denominará “día de las citas nacionales”, cuando caen alrededor de 200 militantes en todo el país. 
Por Marta, quien la protegió en la ESMA, hoy sabe que su papá llegó sin vida a la ESMA. “El (Jorge) Tigre Acosta o (Antonio) Pernías le muestran una foto a Marta de mi papá. Ella lo identifica porque habían militado juntos. Le dicen que estaba con su bebé. ‘Traémela’, le dijo Marta. Y ahí fue que estuve en la ESMA. Un día, no sé bien, Marta dice que era difícil calcular el tiempo”, repasa Laura. 
La mujer sabe que se llevan la beba. Le pone en los pañales un papel con el nombre de su papá y lo que sucedió. Laura va a Casa Cuna y al día siguiente publican en el diario toda la información con la que cuentan. La familia puede dar con ella. 
“Tuve suerte. Marta se jugó en eso. Me podría haber pasado como a Sabrina (Gullino, querellante en la causa del Hospital Militar) que también la abandonaron los represores. Mi familia tuvo suerte que me encontró”, compara. 
Vivió con su mamá, Leticia Oliva hasta los tres años y un mes. El 27 de diciembre de 1978 una patota convivió con Laura por seis horas hasta que su mamá llegó y la secuestraron delante de sus ojos. 
Supo que fue torturada, que llamó en dos oportunidades, “la última vez en febrero de 1979”, señala. “Dicen que preguntaba por mí, que estaba mal, que me hagan estudiar mucho y que me hablen de ella. Es muy triste eso, pobrecita. Insistía en que me hablaran de ella, para no quedar en nada”, interpreta. 
Desde entonces, Laura vivió con su familia paterna, en Entre Ríos. Su abuela, “una mamá común y corriente que se calzó el pañuelo y buscó la verdad suficiente para entender”, ya fallecida, y en contacto permanente con sus tíos y sus primos. “Siempre se habló de ellos en mi casa, espontáneamente, siempre estuvieron presentes”, destaca.

Luz Alcain

Fuente: El Diario